Montar un caballo es todo un arte, en primera instancia un caballo es un ser que igual que yo piensa, decide, se enoja, es quisquilloso, hace berrinche, se alegra con la comida y ama la libertad de las praderas ante todas las cosas. Yo soy una persona que al igual que un caballo me muevo de lado a lado cuando estoy super aburrida y no salgo de mi habitación, sigo corriendo aunque me duela la pata, tengo frío cuando hace frío, me gusta que me mimen y estar en compañía de mis semejantes. Montar un caballo es algo más que treparte, decir “arre” y tratar de hacer esos sonidos como de besos al aire y sentirte menso porque no te sale del todo bien.
Para mí montar es levantarme muy temprano y de buen humor aún en fin de semana, es tomar esa vestimenta especial para tal ocasión, agarrar las botas de piel, ver que estén limpias, apretar los acicates, ajustarte el pantalón que es tan pegadito que te da figura, ponerte playera y un suéter –tan ligero como para que no te moleste el viento- es darte el buen gusto de echarte un vistazo rápido en el espejo y salir al frío del amanecer. Es llegar al lugar donde el cemento se cambia por suave arena negra de la pista, donde la brisa sigue sobre el pasto y el sol apenas toca el cielo en colores naranjas. Es saludar a todos mis amigos y compañeros caballos, caminar y decir: buenos días Ambar, Rabanito, Muñeco, Huesos, Pinto, Pancha, Estrella y a todos los demás cuando paso frente a su caballeriza dándoles una caricia o bien una naranja zanahoria que llevo en una bolsa.
Luego es la espera, aguardando a que mi compañero de entrenamiento esté listo para salir, aprovecho para vaciar mi mente, olvidar la escuela, la familia, los amigos y todo lo demás, estar en blanco quizá estirándome. Pronto se oye el golpe de la herradura en la tierra y de ese golpe continuado escuchar el andar del caballo. Se ve venir por entre el estrecho pasillo de las caballerizas, el caballerango lo trae guiado de las riendas y se detiene a lado de una gran piedra por la que es más fácil subirme. Saludo con buen gusto al caballo, le pregunto si está listo y le pido permiso para subir, permiso concedido. Pongo un pie en el estribo, me agarro de la silla con ambas manos y en un impulso estoy arriba con las piernas en su lugar, todo el equipo está correcto, no falta nada, agradezco al caballerango y aquí voy. Avanzamos. Llevamos unos cuantos pasos cuando repentinamente le arranca un cacho al arbusto del lugar, le digo que me lo van a cobrar pero él simplemente sigue masticando contento de tener bocado en su boca.
Con la primer pata en la pista se que es hora de comenzar, calentamos un poco, damos unas vueltas, checamos dirección, resolvemos nuestras diferencias de voluntad y nos ponemos de acuerdo para trabajar juntos y no estar peleando con jaloneos de las riendas y piquetes de acicates. El universo se concentra en el momento cuando comenzamos a galopar, no hay tiempo de distracciones, mira hacia enfrente, ve los obstáculos, escucha las órdenes del entrenador, corrige la postura, las manos, la espalda, las piernas y los pies, dirige al caballo, encuentra la velocidad adecuada, no tan rápido, no tan lento, no lo jales con la rienda, no sueltes la rienda, cuidado con los otros jinetes, siente al caballo, piensa y luego actúa.
Comenzamos a hacer gimnasia, primero palos en la arena y coordinar pasar sin pisarlos, luego con los palos en cruz, no muy alto y en cada vuelta aumentando la altura. Después de un rato un respiro de pocos minutos, continuamos. Ahora con los palos en horizontal, de igual manera primero no tan alto y consecutivamente aumentarle. Luego de estar saltando en la pista de obstáculos llega la instrucción: salta el muro. Primera vez, de improviso, llega el miedo, pero llevo demasiada adrenalina en la sangre como para detenerme, llega la emoción de desafiar al obstáculo, la claridad de mente, sentir lo profundo y fuerte de la respiración, prepararme, medir los trancos, sentarme bien, agarrarme fuerte y al mismo tiempo seguir con el cuerpo relajado y vamos…uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis trancos y siento en las piernas ese pequeño instante en que el caballo hace la fuerza que es el inicio del salto, hago fuerza también y en una sincronía perfecta me fundo y me elevo con él, me alzo sobre la silla al tiempo que doblo mi tronco hacia enfrente y…saltamos. Ese instante, ese momento de formar un sólo espíritu, eso es para mi corazón y mi alma montar a caballo.
© 2012 Creado por Jorge Irazola.
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